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Hizo luego el rey un gran banquete a todos sus príncipes y siervos, el banquete de Ester; y disminuyó tributos a las provincias, e hizo y dio mercedes conforme a la generosidad real. Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino? Ester 2:18;4:14

Pensemos en Amán, él odia a Mardoqueo no solamente porque es judío, sino además porque Mardoqueo no se inclina delante de él. Por eso, Amán convence al rey de su plan.  “Si haces lo que te digo, pondré dinero en tus arcas.  Lo único que te pido es que me des el derecho de limpiar el país de todos estos judíos.”  El rey Asuero, entonces creyendo lo que le dice Amán e ignorando el brutal genocidio que está preparando, lo aprueba con un gesto de la mano: “Adelante, y haz todo lo que tengas que hacer.”
Cuando Mardoqueo se entera de lo que Amán está planeando, toma una decisión crucial, pero peligrosa.  Tiene que decírselo a Ester, su hija adoptiva.  Ella tiene que conocer el diabólico plan de Amán.  Ester se había convertido en reina, pero nadie sabía que ella era judía.  Cuando fue escogida como la esposa del rey, Mardoqueo le aconsejó que no revelara a nadie su origen racial, y ella obedientemente no lo había hecho (Ester 2:10).
Mardoqueo no tenía ninguna duda de que los judíos sobrevivirían el holocausto.  Estaba convencido que Dios no permitiría que su pueblo fuera borrado de la faz de la tierra.  Él y Ester podían ser asesinados, pero al final alguien salvaría a los judíos.  Pero, ¿y si el plan de Dios ya estaba en marcha? ¿Y si los medios para esa liberación ya habían sido puestos en ejecución por medio de la mano de Dios? ¿Y si eso implicaba que Ester se involucrara? Ella era, después de todo, la reina.  
“Escucha, Ester”, le dice Mardoqueo. “La mano de Dios hizo posible que yo conociera el mensaje de Amán de que los judíos serían exterminados.  Y la mano de Dios hizo posible que tú fueras nombrada reina.  Quizás tú fuiste puesta en esta posición para esta crucial hora en nuestra historia.  No te quedes callada.  Esta es tu hora más grande. ¡Habla! Y trata de convencer al rey, ¡detén este plan en contra de nuestro pueblo!”.
He oído decir a algunas personas que ellas no pueden creer en la soberanía de Dios, porque eso los vuelve pasivos.  Francamente, yo no lo veo así.  La soberanía de Dios ayuda a que la vida permanezca balanceada y bíblicamente orientada. En todo caso, la soberanía de Dios me vuelve activo. Me impulsa hacia Dios a suplicarle, a clamar a buscarle y decirle : “Señor, involúcrame en el proceso, si eso te place.  Actívame en tu plan de acción.  Estoy a tu disposición.
Recuerde siempre tener en cuenta en la vida cristiana la perspectiva de la Soberanía de Dios.

Escrito por:   Charles R. Swindoll.    Fecha de publicación  3/1/2011 10:37 AM
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