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Cristo nos puede transformar

¿Por qué Jesús podía confiar tanto en que Pedro se convertiría en un gran hombre? Él estaba prometiendo el cambio, no sólo porque conocía el porvenir, sino porque tenía el poder para moldear el futuro. Su promesa no se basaba en un capricho, sino en los recursos que Él conocía. Cristo puede garantizar el futuro porque éste está en sus manos. Simón, yo creo, era primogénito, el líder entre sus  hermanos. En el Nuevo Testamento, él formuló más preguntas que todos los otros discípulos; fue el único que intentó caminar sobre el agua; el que hizo la gran confesión en cuanto a quién era Cristo, y también, el que prometió que nunca lo negaría. Frecuentemente, los primogénitos cuentan con ese tipo de cualidades que caracterizan a los líderes, pero que necesitan ser afinadas y dirigidas. Las diferencias de temperamentos, halladas con frecuencia entre hermanos y hermanas, deberían ser motivo de regocijo, no de comparaciones poco halagadoras. El Escultor divino no manufactura santos como aquel que se dedica a elaborar estatuas en una fábrica. El se deleita tomando la variada materia prima, y creando lo inesperado. Las diversas personalidades, dones,
deseos y aptitudes de todo el pueblo de Dios, permanecen intactos, pero son traídos bajo su dirección. Entonces, como las diferentes partes de un cuerpo, cada uno contribuye al fortalecimiento y coordinación del todo.
Ya que ahora Cristo nos está moldeando tal como lo hizo con Pedro, necesitamos tomar un momento para aprender algunas lecciones acerca de cómo el Maestro Escultor realiza su trabajo. Aquí hay algunas observaciones básicas:
Primero, nos golpea el hecho que las acciones humanas y la providencia divina se dirigen al mismo punto para lograr la voluntad de Dios. Andrés, sin duda, pensó que la decisión de traer a Pedro delante de Cristo, era sólo suya; y que se trataba de la respuesta natural de quien deseaba que su hermano compartiera las buenas noticias. Sin embargo, años más tarde, Jesús explicó que quienes llegaron a Él habían sido atraídos por el Espíritu Santo. Las acciones visibles de los hombres son, con frecuencia, las acciones invisibles de Dios. Cristo escoge las piedras que desea moldear (Jn. 15:16).
Segundo, Cristo inicia la transformación mediante el perdón de nuestros pecados y el cambio de nuestra disposición. Juan el Bautista dijo de El: ... He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29). Ahí estaba un hombre que podía tratar con éxito el problema fundamental más significativo de la existencia humana. Cristo iniciaría removiendo el pecado de Pedro para que este humilde pescador pudiera establecer una relación directa con Dios.
En el Antiguo Testamento, el pecado era cubierto, pero nunca eliminado del todo. Día tras día y año tras año los sacrificios debían ser ofrecidos con el conocimiento distintivo de que las ofensas de mañana necesitarían otro sacrificio. Y aun así, los sacrificios cubrían sólo los pecados de Israel. ¡Este sacrificio, quitaría los pecados del mundo!
Tercero, Cristo puede cambiar la naturaleza humana. Un cristiano no es simplemente un pecador menos sus pecados, sino una nueva creación. Hay una transformación de corazón que es el principio de un nuevo nivel de existencia humana. Esto no implica una vida instantánea de vigor espiritual; simplemente significa que el potencial está allí para una transformación radical.
Jesús empleó la ilustración del nacimiento humano:... De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Jn. 3:3). Cuando un bebé normal nace, tiene intactas todas las partes de su anatomía. Los dedos de los pies y de las manos, los ojos y los oídos, todos están allí, así que el niño crece o no, de acuerdo a la nutrición y el cuidado que reciba. Cuando nacemos de nuevo, la obra está completa, pero sin el desarrollo total. Aún tenemos que crecer.
A Pedro se le prometió que llegaría a ser una roca, y 30 años más tarde escribió que todos nosotros somos las piedras del templo vivo que Dios está edificando: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 P. 2:5). El mismo Señor que tomó el cincel para producir un nuevo Pedro, también lo usará para moldeamos. Sólo con el paso del tiempo, y de manera gradual, Pedro se dio cuenta de lo mucho que en realidad necesitaba ser cambiado. La brecha entre lo que él era, y lo que llegaría a ser, era más ancha de lo que era consciente.
Aprendió que debía estar dispuesto a admitir quién era, antes de que Cristo lo cambiara en lo que llegaría a ser. Antes que observemos cómo Cristo moldeó la vida de este pescador, es necesarios que nosotros al igual que Pedro identifiquemos nuestro verdadero nombre, con la palabra que mejor describa quiénes somos y dónde estamos espiritualmente en este momento. Luego Cristo podrá cambiar nuestro nombre para que seamos instrumentos para su Gloria.
¿Es nuestro nombre ansiedad? Cristo nos puede cambiar para llamarnos Paz.
¿Es nuestro nombre adicción? Cristo nos puede cambiar para llamarnos Libertad.
¿Es nuestro nombre rechazo? Cristo nos puede cambiar para llamarnos Aceptación.
¿Es nuestro nombre amargura? Cristo nos puede cambiar para llamarnos Amor.
¿Es nuestro nombre cobardía? Cristo nos puede cambiar para llamarnos Valor.
¿Es nuestro nombre culpabilidad? Cristo nos puede cambiar para llamarnos Perdonado.
 Recuerde mi amigo “No hay transformación sin dolor, y con cada pequeño cambio, morimos un poquito más a nosotros mismos. El Escultor divino nos hiere para podernos moldear, y nos rompe para podernos enderezar.
Continúe aprendiendo como Dios moldeó la vida de Pedro, estudiando el curso Cincelado por la Mano del Maestro, encuentra estas lecciones en el Ciclo de  Estudios de Personajes Bíblicos.

Escrito por:   Erwin Lutzer.    Fecha de publicación  3/28/2011 3:35 PM
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