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La Pascua y los Egipcios - Seamos Libertados

El pueblo egipcio había quedado irritado por las primeras seis plagas, y su tierra y posesiones habían quedado devastadas por las dos siguientes plagas. La novena plaga, cuando hubo tres días dé tinieblas, había establecido el escenario para la más espantosa de todas las plagas, cuando los mensajeros de la muerte visitarían la tierra de Egipto. "Cuando lanzó contra ellos el ardor de su ira; de su furor, indignación y hostilidad: ¡todo un ejército de ángeles destructores!" (Sal. 78:49, NVI).

Moisés escuchó la Palabra de Dios (Éx. 11:1-3).

Estos versículos describen lo que ocurrió antes que Moisés fuera llamado al palacio para escuchar la última oferta del Faraón (10:24-29). Lo que Moisés le dijo al Faraón tuvo lugar entre los versículos 26 y 27 del capítulo 10, y terminó con Moisés abandonando el palacio muy enojado (10:29; 11:8).
Dios le dijo a Moisés que iba a enviar a Egipto una plaga más, una plaga tan terrible que el Faraón no solo dejaría ir a los israelitas, sino que les ordenaría que se marcharan. El rey egipcio los echaría del país y de esa forma se cumpliría la promesa que Dios había hecho, incluso antes que las plagas hubieran comenzado (6:1; véase 12:31, 32, 39).
Moisés dijo al pueblo hebreo que había llegado la hora de recoger los salarios no pagados por todo el trabajo que ellos y sus antepasados habían hecho como esclavos en Egipto. La palabra hebrea en 11:2 no significa que solicitaran prestado, sino "pedir" o "solicitar". Los hebreos no tenían la intención de devolver lo que los egipcios les daban, porque aquella riqueza era la compensación por la deuda sin pagar que Egipto tenía con Israel. Dios le había prometido a Abraham que sus descendientes "saldrán, con gran riqueza" (Gn. 15:14), y repitió esa promesa a Moisés (Ex. 3:21,22). Dios había hecho que su siervo fuera muy respetado entre los egipcios, y ahora haría que los israelitas fueran favorecidos por los egipcios, quienes les darían generosamente de sus riquezas (12:36, 37).

Moisés le advierte al Faraón (Ex. 11:4-10).

Esta fue la última vez que Moisés se dirigió al Faraón, quien lo rechazó como había hecho con las anteriores advertencias. El Faraón no tenía temor de Dios en su corazón; por consiguiente, no tomó las palabras de Moisés en serio. Pero al rechazar la Palabra de Dios, condenó a muerte a los primogénitos de todo el país y, por tanto, se causó profundo dolor a sí mismo y a todo su pueblo.
Dos preguntas debemos plantearnos en este momento:
(1) ¿Por qué mató Dios solo a los primogénitos?
(2) ¿Por qué lo estaba haciendo cuando el verdadero culpable era el Faraón?
Al responder a la primera pregunta, ayudamos también a responder a la segunda.
En la mayoría de las culturas, los primogénitos son considerados especiales, y en Egipto eran considerados sagrados. Debemos recordar que Dios llamó a Israel su primogénito (Ex. 4:22; Jer. 31:9; Os. 11:1). Al comienzo del conflicto, Moisés le advirtió al Faraón que la manera en que él tratara al primogénito de Dios determinaría la manera en que sería tratado el primogénito de Egipto (Ex. 4:22, 23). El Faraón había tratado de matar a los bebés varones hebreos, y sus funcionarios habían tratado brutalmente a los esclavos hebreos, por lo que con la muerte de los primogénitos Dios estaba pagando al Faraón con su propia moneda.

La ley de la Compensación.

Está es una ley fundamental de la vida (Mt. 7:1,2), y Dios no es injusto permitiendo que esta ley funcione en el mundo. Faraón mandó a echar al Nilo a los bebés hebreos, de manera que Dios echó al mar al ejército del Faraón (Ex. 14:26-31; 15:4, 5). Jacob mintió a su padre Isaac (Gn. 27:15-17), y años después, los hijos de Jacob le mintieron a él (37:31-35). David cometió adulterio y mandó a matar al esposo de la mujer (2 S. 11), y la hija de David fue violada y dos de sus hijos murieron violentamente (2 S. 13; 18).
Amán levantó una horca para colgar a Mardoqueo, pero fue Amán a quien colgaron en su lugar (Est. 7:7-10). "Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare; eso también segará" (Gá. 6:7). En cuanto a la justicia de la décima plaga, ¿quién puede juzgar los actos del Señor cuando "la justicia y el derecho son el fundamento de su trono"? (Sal. 89:14, NVI) Pero ¿por qué la resistencia de un solo hombre tiene que causar la muerte de tantos hombres jóvenes inocentes? Acontecimientos similares suceden en nuestro mundo hoy. ¿Cuántos hombres y mujeres que mueren con el uniforme de soldados, tuvieron la oportunidad de votar a favor o en contra de una declaración de guerra? Y en cuanto a la "inocencia" de estos primogénitos, solo Dios conoce el corazón humano y puede dispensar justicia de forma perfecta. "El Juez de la tierra, ¿no ha de hacerlo que es justo?" (Gn. 18:25).
Cuando leemos el libro de Génesis, aprendemos que Dios a menudo rechazó al primogénito y escogió al siguiente hijo para continuar la línea familiar y recibir la bendición especial de Dios. Él escogió a Abel, y después a Set, pero no a Caín; escogió a Sem, no a Jafet; a Isaac, no a Ismael; a Jacob, no a Esaú. Estas elecciones no solo engrandecen la gracia soberana de Dios, sino que también es una manera simbólica de decir que nuestro primer nacimiento no es aceptable para Dios. Debemos experimentar un segundo nacimiento, un renacimiento espiritual, antes que Dios nos acepte (Jn. 1:12, 13; 3:1-18). Los primogénitos representan lo mejor de la humanidad, pero eso no es suficiente para el Dios santo. Por medio de nuestro primer nacimiento heredamos la naturaleza pecaminosa de Adán y estamos perdidos (Sal. 51:5, 6); pero cuando experimentamos el segundo nacimiento por medio de la fe en Cristo, recibimos la naturaleza divina y somos aceptos en Cristo (2 P. 1:1-4; Gá. 4:6; Ro. 8:9).

Jehová y sus lecciones para los egipcios
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El Faraón y el pueblo egipcio pecaron en contra del raudal de luz que recibieron e insultaron la misericordia divina. El Señor había soportado con gran paciencia la rebelión y la arrogancia del rey de Egipto, así como su trato cruel del pueblo hebreo. Dios le había advertido a Faraón muchas veces, pero él no estaba dispuesto a someterse. Jehová había humillado públicamente a las diosas y los dioses egipcios, demostrando que Él era el único Dios Vivo y Verdadero, pero aun con todo la nación no estaba dispuesta a creer. "Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal" (Ec. 8:11).  La misericordia divina debió haber llevado al Faraón a humillarse ante Dios, pero en vez de eso endureció repetidas veces su corazón. Los funcionarios del Faraón se humillaron a sí mismos ante Moisés (Ex. 3; 8); ¿por qué no pudo el Faraón seguir su ejemplo? "Antes del quebrantamiento es la soberbia; y antes de la caída la altivez de espíritu" (Pr. 16:18).
Aprenda y conozca más sobre la Pascua, estudiando la serie "Seamos Libertados", lecciones sobre el hermoso libro de Éxodo, curso que encuentra en el Ciclo de Estudios de Libros de la Biblia.

Escrito por:   Warren Wiersbe.    Fecha de publicación  4/21/2011 4:51 PM
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