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BONDAD, FORTALEZA, CONOCIMIENTO.

“Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían” (Nah. 1:7).
Dios es el Dios de la gracia, la misericordia y la ayuda. No cabe duda que es firme en relación con el pecado, pero en medio de las actuaciones que su justicia exige, la bondad, el cuidado y la gracia se manifiestan siempre. Entre las perfecciones de Dios en el capítulo primero de esta profecía, se aprecia su omnipotencia y justicia, pero, intercaladas como perlas engarzadas en el collar más hermoso jamás presentado, se descubre el admirable amor que Dios extiende hacia todos y, de forma, especial hacia sus hijos.
Hay primeramente una afirmación: “Jehová es bueno”. Basta con sentir que somos salvos por su admirable bondad. Es suficiente con apreciar que antes de que el mundo surgiera por el poder de Su palabra, había decidido salvarnos. No lo hizo por lo que íbamos a ser, ni por nuestra relación con Él, sino que fue una decisión sin condiciones. Es decir, su bondad le hizo decir sea la Cruz, antes de que dijese sea la luz. La obra redentora de Cristo fue la primera determinación divina antes de que se produjese la creación (2 Ti. 1:9). La decisión de salvarnos se ejecutó luego en el tiempo que había determinado (Gá. 4:4). El Salvador gustó la muerte por todos (He.
2:9). Pero toda vía más: El bondadoso Dios nos buscó en nuestra miseria. No es que nosotros buscamos a Dios, si lo hicimos fue como resultado de que Él nos buscó primero (Lc. 19:10). En aquel encuentro con el Buen Pastor, en la entrega a Él por medio de la fe, recibimos el perdón de pecados y la vida eterna. No había mérito alguno en nosotros, ni fue una recompensa a nuestra decisión. Lo hizo por puro amor e infinita misericordia. Miro la Cruz y no puedo por menos que decir como el profeta: “Jehová es bueno”.
A su bondad se une su cuidado: “fortaleza en el día de la angustia”. Podrán venir tiempos malos, dificultades sin número, angustias profundas, pero el amor de Dios se mantiene constante. Tal vez seamos desamparados, olvidados o incluso desechados, pero Él está siempre dispuesto a nosotros. Nada, ni nadie podrá separarnos de su amor (Ro. 8:39). ¡Que seguridad y consuelo produce! La fortaleza, que es Dios mismo, está abierta para darnos refugio en medio de la tormenta, muchas veces intensa y arrolladora de la vida. No debo seguir con mi carga, no debo permanecer sentado con mi miseria y aflicción cuando a mi lado está abierta la provisión divina para el día de la angustia.
El texto termina con la seguridad personal. El Señor me conoce. Conoce a todos los que en Él confían. Desde el día que puse mi vida en su mano soy conocido por Él. Es muy posible que yo le conozca poco, tal vez estoy viviendo lejos de Él, pero Él no me ignora y me conoce en toda la dimensión. Ese conocimiento es mi esperanza de gloria. En medio de millones de personas que me rodean, soy conocido personalmente por Él. Por eso me llama a confiar. Pudiera ser que mi situación sea tan difícil que, humanamente hablando, no tenga solución, pero Él, que me conoce, proveerá para mi de aliento y ayuda. Sí, Señor, sé que eres bueno, ayúdame a descansar en ti.


Escrito por:   Pastor Samuel Pérez Millos    Fecha de publicación  2/25/2014 4:16 PM
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