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La causa - Libro de Ester

Y dijeron a Mardoqueo las palabras de Ester. Entonces dijo Mardoqueo que respondiesen a Ester: No pienses que escaparás en la casa del rey más que cualquier otro judío. Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino? Y Ester dijo que respondiesen a Mardoqueo: Ve y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día; yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca.  Ester 4:12-16

Una gran respuesta, ¿no? ¿No es una mujer admirable? Tuvo apenas unos momentos para pensar en lo que Mardoqueo le había dicho, un breve tiempo para evaluar su consejo, y eso era todo lo que necesitaba.  Se propuso marcar una diferencia, sin importarle las consecuencias personales.  “Si perezco, que perezca.  Si un guardia hunde su espada en mí cuerpo, moriré haciendo lo correcto.”  Ester ha pasado del temor al abandono y la fe; de la duda a la confianza y determinación; y de la preocupación por su propia seguridad a la preocupación por la supervivencia de su pueblo.  Ha llegado a su hora de decisión personal, y no fue hallada falta en ella.
¿Recuerda cuando el padre de David le pidió que dejara las ovejas para llevar comida y provisiones a sus hermanos que estaban combatiendo contra los filisteos en el valle de Ela? Cuando David llegó allí, encontró al gigante Goliat yendo de un lado a otro del campo de batalla, burlándose del Dios de Israel y blasfemando contra Él. Cuando David se entera de lo que está sucediendo, dice: “Hagamos algo.”  Ante esto su hermano mayor, Eliab, se ríe, y le dice con sarcasmo: “¿Así que tú vas a ser el gran héroe, eh?  ¿Y qué será de todas esas ovejitas mientras estás aquí en el campo de batalla con nosotros?”.  ¿Recuerda la respuesta del joven David? En nuestras palabras diríamos que le respondió algo así como ¿no hay una causa? (1 Samuel 17:29) y poco después, saca su honda y derriba a Goliat con una piedra lisa.
“¡Por supuesto que hay una causa!”, implica David, si no con palabras, por lo menos con sus acciones.  “¿Qué hacen ustedes en sus tiendas, temblándoles las rodillas? ¡Allí afuera hay un gigante que odia la causa del Dios vivo! ¿Qué hacen allí parados? Nuestro Dios peleará por mí. Y si perezco, que perezca.”   
Ester pensó de igual manera, se dio cuenta que afuera había un enemigo, no sólo de su pueblo, sino más importante aún, del Dios vivo. Tan pronto como tuvo conciencia de esto, la comodidad del palacio se le volvió molesta.  
“Basta ya de la vida fácil”, dijo Ester. “Es hora de que hable claro. Soy judía y creo en el Dios vivo.  Estoy lista para enfrentarme sola en defensa de mi pueblo.  Y si perezco, que perezca.”  
¿Hay en su corazón y su mente “una causa”?

Escrito por:   Charles R. Swindoll    Fecha de publicación  3/10/2011 2:19 PM
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