|
|
|
|
|
|
|
|
DIOS ES MI PASTOR
|
 “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Sal. 23:1). Reflexionando sobre los nombres de Dios, llegamos hoy al que llama a Dios Pastor. El Salmo, tal vez el más conocido de todos, se abre con este nombre: Yahwé-Ra-Ah, Jehová es pastor. Así le llama David, que fue un pastor de ovejas. Hemos acudido al Salmo en otras ocasiones buscando ayuda y aliento Hoy tendremos necesariamente que seleccionar en él, considerando cuatro bendiciones que tenemos junto al Pastor celestial. La primera produce tranquilidad: “nada me faltará”, realmente nada me falta. Es decir, tendré todo lo necesario cada día. Ha sido la experiencia en el pasado, lo es en el presente y, sin duda, lo será en el futuro. Transitamos por el desierto del mundo pero como Moisés podemos decir, viendo los años transcurridos: “Él sabe que andas por este gran desierto; … Jehová tu Dios ha estado contigo, y nada te ha faltado” (Dt. 2:7). Es una admirable realidad porque “los que buscan al Señor no tendrán falta de ningún bien” (Sal. 34:10). No es solo la provisión necesaria de alimento y abrigo, es mucho más. No son bienes, es el bien, es decir, la provisión de toda bendición. Este es su compromiso: “entrarán y saldrán y hallarán pastos” (Jn. 10:9). En medio de la inquietud en que vive el mundo, sentimos la tranquilidad de la provisión de Dios: “nada me faltará”. También me dará seguridad. Mi camino podrá pasar por un paso angosto y el cielo llenarse de nubes de tormenta. Las sombra de la angustia podrá presentarse como de muerte. Pero, sobre ella otra mayor la hará desaparecer, porque “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente” (Sal. 91:1). Sombras amenazantes son cambiadas en perfecta seguridad porque no tengo que enfrentarlas solo: “Tú estarás conmigo”. La vara del Pastor protegerá mi vida de las fieras que quieran destrozarla. Su cayado me sostendrá en el paso difícil. No hay razón para el temor, porque ningún mal podrá tocar mi vida. Proveerá para mi de paz. Los angustiadores procuran que la angustia anegue mi alma. Intentarán que mi servicio esté siempre rodeado de lágrimas. Los oigo rugir amenazantes cada día. Los veo lanzando desprecio y maledicencia por sus bocas. Pero, entre ellos y yo está la mesa de la comunión que el Pastor ha aparejado. Los mantiene lejos, con Su mano de poder, para que podamos dialogar los dos y sentir la compañía de su Persona y el aliento de su gracia. Ellos están cerca, pero no pueden impedir el gozo de comunión con el Pastor. Finalmente me da esperanza. “El bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida”. ¡Oh, que impresionante bendición! La bondad de Dios en forma de bien cerrando mi camino, de modo que ningún enemigo podrá alcanzarme. La misericordia que perdona, anima y alienta, está también con el bien. Sustentándome en la flaqueza, restaurándome en las caídas y orientándome en la senda. Y allí, tras el último recodo del camino, el Palacio del Pastor, donde moraré con Él para siempre, en una comunión que no será interrumpida jamás. ¿Qué más puedo desear? Solamente decirle: ¡Gracias, muchas gracias, por lo que haces por mí!
|
Escrito por:
Pastor Samuel Pérez Millos
Fecha de publicación
12/11/2012 4:33 PM
Número de visitantes
642
|
|
|
|
|
|
|
|
|