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¿Cómo podemos triunfar en nuestro caminar con Cristo?
Leer: Mateo 14:22-36
Durante nuestra visita a la ciudad de Leipzig, Alemania, el guía señaló un monumento de Goethe, el autor de "Fausto". La cabeza de la estatua está volteada hacia la universidad, mientras sus pies apuntan en dirección al bar cervecero Auerbach ¡Qué cuadro tan gráfico sobre cómo nuestras lealtades compiten! Cada uno de nosotros lucha con una lealtad en conflicto; amamos a Cristo, pero nos distraemos por la seducción de nuestra naturaleza pecaminosa interna, y por la presión de las circunstancias externas. Estas voces que nos urgen, compiten para ganar nuestra alianza, y a veces sentimos que nuestra fe en Dios es poco poderosa para sobrellevar las tormentas. Un amigo mío, con una enfermedad rara, fue fiel a Cristo por muchos años, pero finalmente optó por lanzarse de cabeza a la rebelión del mundo, y antes de su muerte prematura, a causa del alcohol, dijo: "Sencillamente Dios me tentó más de lo que podía soportar".
¿Cómo podemos triunfar en nuestro caminar con Cristo? ¿Cómo podemos ir tras Él sin ser distraídos por el mundo, la carne y el diablo? ¿Cómo podemos seguirle con todo el corazón, al tiempo que lo hacemos con la cabeza y con los pies? ¿Cómo manejamos los temores que nos pueden hundir? En Mateo 14:22-36, Cristo le enseñó a Pedro cómo sobrevivir a una tormenta. Si iba a ser un hombre fiel a pesar de la poderosa e inminente oposición, tendría que aprender el secreto de pararse firme en contra de los vientos. Nuevamente el Maestro por excelencia, optó por emplear una experiencia común para enseñar una lección no común. Una tormenta en Galilea se tornaría en el prototipo de las tormentas de la vida. Cristo acababa de alimentar a 5.000 hombres (el número total de la multitud pudo haber sido entre 10.000 y 15.000 personas, incluyendo las mujeres y los niños), con cinco panes y dos peces. Como era de esperarse, la multitud estaba impresionada. ¿No sería maravilloso coronar como rey a un hombre así? La multitud seguía a Cristo con la esperanza de que no se les escapara. Ellos lo lanzarían como candidato para ser rey mediante la aclamación, sin importar si a Él le interesaba el cargo o no. Ciertamente sería persuadido a aceptar esa honrosa posición con suficientes aclamaciones a su favor. Como sucedió con mucha frecuencia, Cristo los desmotivó escapándoseles. En Juan leemos: Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo (Jn. 6:15). Jesús no fue seducido por la alabanza. Con calma urgió a sus discípulos a entrar en la barca e ir delante de Él al otro lado mientras despedía a las multitudes. Deshizo los planes de los forjadores de reyes, y se escapó a las montañas de Galilea para orar. Quizá pasó allí sólo, unas siete u ocho horas en la presencia de su Padre celestial.
El corazón de nuestro Señor constantemente buscaba deleitarse en el compañerismo con el Padre, así como una brújula apunta al norte cuando no está obstruida. Él utilizaba cada oportunidad que tenía para comunicarse con Aquel quien le había enviado. Allí, en la cumbre, nuevamente la voluntad de su Padre se hizo clara, y la sumisión del Hijo se reafirmó. Él sabía que en esta oportunidad había sido enviado al mundo para ser Salvador, y no rey. Aún mientras oraba, Jesús sabía que sus discípulos debían aprender a confiar en su presencia aunque estuviera físicamente ausente de ellos. Así como una madre pájaro empuja a sus polluelos del nido para que comiencen su propio vuelo, Cristo deseaba que los discípulos estuviesen solos en la tormenta venidera. Aunque se encontraran más allá de su visión física, estos hombres eran el centro de su cuidado y atención.
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Escrito por:   E. Lutzer – Curso: Cincelado por la mano del Maest    Fecha de publicación  10/28/2016 5:18 PM
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