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¡Cuanto nos amó!

Las últimas palabras siempre son importantes. Pero con seguridad no pueden existir últimas palabras tan significativas como aquellas que Jesús pronunció en la cruz. En ellas vemos su corazón, su amor por su pueblo a quien estaba redimiendo. En este clamor vemos la humanidad de Jesús.
Sus heridas no fueron vendadas para que las nuestras lo pudieran ser; su aflicción fue tan grande, para que nuestras aflicciones desaparecieran. Isaías lo describe: “pues tenía desfigurado el semblante; ¡nada de humano tenía su aspecto” (Isaías 52:14). No pudo ser reconocido como la persona que era, y fue víctima de falsas acusaciones. Sus antagonistas instaban a Roma para que se deshiciera de Él y sus enemigos se sintieron reivindicados cuando vieron los clavos, olieron la sangre y escucharon los gemidos.
Imagínenselo desnudo con las muñecas atadas a una columna en la corte de Pilato, azotado con látigos que tenían en la punta esferas de plomo o pedazos de hueso que, a medida que golpeaban s u cuerpo, hacían brotar sangre, y tras repetidos golpes se le formaban heridas.
Después presionan la corona de espinas en la cabeza y la sangre se confunde con su enmarañado cabello. Él trata de cargar la cruz, pero cuando tambalea Simón de Cirene es forzado a ayudarlo. En el calvario le despojan de sus ropas y un dolor atroz, como millones de agujas calientes penetran el sistema nervioso. Luego es levantado en la cruz y sus ejecutores le meten largos clavos en las palmas de sus manos. Al tener el sistema nervioso central herido, experimenta el más insoportable dolor que un hombre pueda tolerar...Cada movimiento del cuerpo revive este horrible dolor. Aún mientras experimentaba esta agonía, Jesús se portó como un rey. Pero Él invierte nuestras visiones de grandeza.

Como podemos ver, Cristo fue abandonado, para que nosotros no lo fuéramos. El profeta Isaías dice:
“Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados” (Isaías 53:4-5).
Él experimentó un calvario de dolor y agonía para que nosotros pudiéramos experimentar el cielo. La cruz nos recuerda que nuestra autocondenación debe terminar. Ya no debemos mantener la cuenta de nuestros pecados. No debemos creer que Dios piensa de nosotros como lo hacemos nosotros. Recibir el perdón de Dios y extenderlo a otros es tanto nuestro privilegio como nuestra responsabilidad.
Mi computador subraya automáticamente con una línea roja todas las palabras mal escritas. Algunas veces también subraya las que están bien escritas, pero la línea roja aparece porque el programa no las encontró. El programa que uso no reconoce la palabra quebrantamiento, desafortunadamente, muchos de nosotros tampoco. Sabemos que puede significar que algo está quebrado; pero nunca lo hemos experimentado. Esta palabra nos recuerda que en la cruz termina el hecho de sentirnos más grandes. Aquí se nos presenta el misterio de la providencial voluntad de Dios para nosotros. Necesitamos reconocer que Él fue atado por nosotros, lacerado por nosotros, rechazado por nosotros, y llevado a la cruz por nosotros.

Dietrich Bonhoeffer tenía razón cuando dijo que la culpa es un ídolo al que muchas personas no quieren renunciar. Debemos atrevernos a aceptar lo que Dios ofrece y no alejarnos de Él. Algunas personas piensan que le hacen un favor a Dios cuando rechazan su perdón, reflexionando que Él está tan enojado con ellas que de todas formas no quiere ni verlas. Tales personas insultan a Dios, porque viven como si la muerte de Cristo no hubiera sido suficiente para limpiar sus pecados. Necesitamos estar totalmente seguros que Él puede salvar a todos aquellos que optan por creer. Como dice una poesía cristiana:
Sus heridas fueron la prueba de su amor.
Miren, de su cabeza, sus manos, sus pies,
El dolor y amor fluyen
¡Fue allí donde tal dolor y amor se encontraron!

En África, el fuego destruyó una choza, al extenderse tan rápida e intensamente quemó a una familia de la cual sólo quedó uno de sus miembros. Durante el incendio, se vio correr a un extraño hacia la casa, quien liberó de las llamas a un pequeño, y después de sacarlo, desapareció en la oscuridad.
Al día siguiente la tribu se reunió para decidir qué se debía hacer con el muchacho, pues tal vez supersticiosamente, asumieron que debía ser un chico especial porque había sobrevivido al fuego. Un hombre sabio insistió en adoptar al niño, pero un hombre rico consideró que era el más calificado. A medida que la discusión se desarrollaba, un hombre joven desconocido caminó hacia el centro del círculo e insistió en que él tenía la prioridad de reclamar al niño. Luego les mostró sus manos, quemadas la noche anterior. Como él era el que lo había rescatado, insistió en que tenía todo el derecho sobre él. Así es justamente como nuestro Salvador, con las marcas del sacrificio, nos reclama.
¡Tenemos un Dios que tiene heridas! Al mirar la cruz de Cristo y su amor por nosotros podemos unirnos para exclamar: " ¡Cuánto nos amó!

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Escrito por:   E. Lutzer - BBNBI    Fecha de publicación  4/11/2017 9:07 PM
Número de visitantes  15481


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