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LA GRANDEZA DE EMANUEL
“Y llamará su nombre Emanuel” (Is. 7:14).
Estamos cerca de Navidad. Todos, en alguna medida, recordamos los acontecimientos de aquel día en que el Hijo de Dios, tomando una naturaleza humana, nació de María en Belén. El recuerdo de un Niño envuelto en pañales, acostado sobre el heno mullido de un pesebre, el anuncio de los ángeles, el buscar de los pastores, la visita de los magos, la estrella que los guía, centran nuestra atención. Ocupamos mucho tiempo pensando en nosotros, en los regalos, en los adornos, en el trasiego de estos días, pero hay algo que suele quedarse en el olvido, la razón de la Navidad que es Emanuel, Dios con nosotros. Tal vez necesario ver la Navidad a la luz de esta frase seleccionada de la profecía de Isaías.

La grandeza de Emanuel es que Dios se hizo pobre para venir al encuentro de los miserables y hacerlos ricos en su gracia, para elevarlos de su lejanía a la condición de hijos, de su desesperación haciéndose Él mismo esperanza para ellos, y de su desaliento para darles la provisión necesaria en cada momento, siendo Él para cada uno el pan de vida que desciende del cielo. La obra de salvación es sobrenatural, por tanto, lleva aparejado un nacimiento sobrenatural. Para ser sustituto del hombre, el Redentor debe ser a la vez Dios y hombre. Emanuel es Dios-hombre, que viene para reconciliar consigo al mundo (2 Co. 5:19). Lo hace en un abrazo de gracia eterna, atrayendo a sí mismo a quienes eran por naturaleza y obras sus enemigos, llevándolos a la paz con Él (Ro. 5:1). La santidad y la justicia ponía a Dios contra notros por nuestros pecados. En Jesucristo, como Emanuel se hace Dios con nosotros, todavía más, se hace Dios por nosotros (Ro. 8:31). Cristo viene para reconstruir nuestra comunión con Dios, en una obra de Amor. Es Emanuel, porque siendo amor se hizo hombre.

La obra de salvación que comienza en el nacimiento y concluye en la Cruz, descansa en el amor divino, porque “en esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). En necesario entender que Jesús no se hizo hombre y murió a causa de nuestros pecados, sino a causa de Su amor sobrenatural. Mientras todo dormía, se verificaba el misterio de los siglos. Los ángeles proclamaban la infinita dimensión del amor de Dios hacia los hombres, orientándolos hacia el niño de Belén. El mundo iba a despertar de su sueño, los hombres, criaturas doloridas podían tomar por fe lo que les estaba dando Dios, a su Hijo, que como Emanuel venía para estar con ellos definitivamente. Es necesario que entendamos bien que Jesús no se vio obligado a venir impulsado por nuestra maldad, sino por Su amor sobrenatural.

Quiero acercarme de este modo a la Navidad. Soy objeto y destinatario del amor divino. Jesús vino porque Dios me ama eternamente. Mis pruebas y aflicciones son nada comparadas con las suyas. Pero Emanuel me llena de paz, porque es Dios conmigo. Si se dio a Sí mismo en entrega de amor, tomará cada una de mis penas y las transformará en gozo; cada flaqueza en poder; toda inquietud en calma; nunca me sentiré solo porque Él está conmigo. Ahora debo decir con sincera gratitud:¡Gracias, Señor, por tu don inefable!


Escrito por:   Pastor Samuel Pérez Millos    Fecha de publicación  12/18/2019 3:57 PM
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