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Capítulo 6

LOS RECUERDOS DEL HOGAR

 

CAPITULO 6

Mientras vivimos cada día, estamos escribiendo recuerdos. Cada día aporta algo a ellos y determina más plenamente el carácter final que tendrán. A menudo, nos sentamos horas con nuestros hijos y nietos, hablando acerca de nuestro hogar y reflexionando sobre el pasado. Cuando estamos juntos, reímos, lloramos y alabamos al Señor por el gran hogar que Él nos ha dado. Inevitablemente, alguien dice, “¿Te acuerdas cuando...?” Parte de la tristeza y del sufrimiento de Cristo aquí sobre la tierra debe ser tenido en cuenta por el hecho de que Él estaba lejos del hogar del Padre. El amaba los hijos de los hombres, pero extrañaba la Gloria y el gozo que Él había tenido en la casa del Padre. Esto debe ser una parte de cómo el cielo será. Constantemente estamos haciendo recuerdos, y el proceso de hacerlos determina la manera en la cual vivimos. Nuestros recuerdos harán nuestros viejos tiempos felices o infelices. ¡Eso es lo que los recuerdos hacen! Nuestros más profundos recuerdos, deberían ser los de nuestra vida diaria en nuestro hogar cristiano, tanto los nuestros como los de nuestros hijos.

Los recuerdos del hogar deberían incluir los momentos de nuestras comidas, tiempos de oración y tiempos de juegos que compartimos. Los viajes que hicimos, los animales que tuvimos, las bromas y las batallas que enfrentamos. A menudo hubieron conflictos, y también compartimos de ellos. Como una familia, hacemos recuerdos cada día de la semana, porque tu nunca sabes cuándo estarás haciendo el último de ellos. La vida es tan incierta que no sabemos nunca cuando estamos compartiendo la última comida, la última conversación o el último paseo juntos. Yo conozco una familia que termina cada conversación telefónica, e-mail, nota y cada partida con un “te amo”. Nunca dejes la casa en la mañana si ha habido un malentendido, palabras feas o amargas, o silencio malhumorado, porque esas cosas pueden llegar a ser un amargo recuerdo de por vida. La mejor defensa del hogar son esas pocas y especiales palabras que mencionamos al principio, “lo siento,” “perdóname,”
y “te amo”. “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

Se cuenta la historia de un hombre joven con naturaleza bondadosa y gentil que dejó su hogar para ir a su trabajo. No hacía una hora que se había ido cuando su cuerpo fue traído a su casa. El andamio donde estaba trabajando se había soltado y había fallecido. Una de sus hermanas estaba más apenada que los demás. Parecía tener una tristeza en particular. Ella solo podía decir, “no fui tan amable con él esta mañana cuando se fue”.
¡ Recuerdos! Una vez hechos, son eternos y no pueden cambiarse.

Los hijos tienen recuerdos también

Habiendo viajado a muchas grandes ciudades y habiendo observado las grandes multitudes de personas moviéndose por las calles, dentro y fuera de los grandes edificios, crecí acostumbrado a observar gente apurada en todas direcciones. Cada vez lo recuerdo, cada uno de ellos llevando en sus corazones y vidas la impresión del hogar del cual proceden.

¿Qué tipo de recuerdos tendrán tus hijos del hogar? ¿Serán recuerdos de padres que amaron al Señor Jesucristo y continuamente buscaron la Biblia como dirección de sus vidas? ¿Serán recuerdos de confort, inspiración, motivación y bendiciones, o serán recuerdos que queman, muerden y maldicen? Deberíamos encarar el asunto ajustadamente, estando completamente seguros que los hijos que enviamos al mundo nunca escaparán plenamente de los recuerdos e influencias del hogar. Si el hogar de la niñez ha sido justo y dulce, su bendición irá con ellos por toda la vida.

“El pecado puede barrer sobre el alma como un fuego devastador; la tristeza puede apagar todo gozo y esperanza; pero el recuerdo de un dulce y bendecido hogar vive como una estrella solitaria alumbrando en lo profundo de la noche. Y aun en medio del pecado, su cuadro flota delante de la mente como un sueño evanescente.”

Aquí está el testimonio de un hombre: “Recuerdo noches en que estaba acostado quietamente, en la pequeña habitación de arriba, antes de que me llegara el sueño. Se acercaban suaves pisadas por la escalera, la puerta silenciosamente se abría y una silueta bien conocida, suavemente se deslizaba a través de la oscuridad, y se ubicaba al lado de mi cama. Primero, unas pocas y amenas preguntas de afecto, las cuales gradualmente se profundizaban en palabras de consejo. Entonces se arrodillaba, su cabeza cerca de la mía, sus más fervorosas esperanzas y peticiones fluían en oración. ¡Cuánto una madre puede desear para su muchacho! Sus lágrimas hablaban del fervor de su deseo. Me parece sentirlas todavía cuando a veces caían sobre mi rostro. Levantándose, con un beso de buenas noches, se iba.”

Un recuerdo como este es el más grande regalo que un padre puede dejarle a su hijo. Será un guardián contra la tentación y el pecado. Proveerá una cadena de oro atando a sus hijos a los pies de Dios. ¿No es valioso llenar la vida de un hijo con recuerdos como estos? ¡Cuán descuidados los padres podemos ser! ¡Cuán negligentes! ¡Dios nos perdone y ayude!

A veces, la tristeza no es tomada apropiadamente. Si un hogar es un verdadero hogar cristiano, la tristeza no echará fuera todas las luces. Más bien hará el hogar más tierno y amoroso. Arrastra el hogar más cerca de Dios. La tristeza santificada transforma un hogar, y trae más de Dios hacia él. De modo que sucederá que el recuerdo de una tristeza pruebe ser el más tierno y firme broche que ligue hogar y corazones juntos.

Ya cerrando este libro, hay algunas cosas que nunca debemos olvidar. Debemos tener a Cristo en nuestros hogares si nuestros recuerdos han de ser todo lo que deberían. Debería haber un altar familiar donde en algún momento cada día toda la familia se reúna para oír la Palabra de Dios y orar juntos. En este siglo 21 rápidamente nos movemos por el mundo. Pronto, todo lo que permanezca será el recuerdo de nuestras vidas. El más fuerte fundamento que nos dará estabilidad, dirección y propósito en nuestras vidas es un Hogar Cristiano (I Cor. 3:11-13).

Se cuenta una Hermosa historia de Mozart. Su ultima composición musical fue su Réquiem. Después de días de enfermedad y de la labor más dolorosa, estuvo terminado. Su hermosa hija Emily vino a su habitación justo cuando estaba escribiendo las últimas notas, y Mozart puso en sus manos el manuscrito, diciendo, “Aquí está, mi hermosa Emily, está terminado; mi Réquiem está terminado, y yo también, estoy terminado.”
“No digas eso, querido padre,” dijo la gentil Emily, “pareces mas fuerte hoy.”
“Ya nunca estaré bien otra vez,” replicó su padre, “pero aquí está, Emily, siéntate al piano y toca estas notas y cántalas con los himnos de tu santa madre.”
Emily obedeció, cantando con una voz enriquecida por la tierna emoción.
Entonces, cuando hubo terminado, se volvió del piano, esperando la sonrisa de aprobación de su padre; pero ella solamente vio la apariencia de paz sobre sus facciones y el sello de la muerte. El se había ido al hogar en las alas de su propio Réquiem.

Por favor, escuchen cuando digo que no habrá Réquiem más dulce al corazón en la última hora de la vida terrenal como el Réquiem de los benditos recuerdos del hogar. Serán música en el corazón, más dulce que la canción de los ángeles. Dios nos ayude a vivir en el hogar dulcemente. Una de las mejores recompensas serán nuestros hijos, nietos y futuras generaciones que sigan nuestro ejemplo al edificar un hogar cristiano donde Jesucristo haya sido continuamente huésped invitado, y Su preciosa Palabra haya sido nuestro estándar y guía. Hagamos del hogar un lugar donde “atesoremos un buen fundamento para lo por venir, un lugar donde echemos mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:19).

Hagamos que nuestras metas sean evidentes en este aspecto. Lo más cercano al cielo es un Hogar Cristiano.

 

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